Una imagen que grafica el modo en el que vivimos como humanidad hoy es la rueda de un hámster.
Corremos, porque trabajamos cada vez más para sobrevivir. Corremos, porque cada vez más tenemos que administrarnos a nosotros mismos como si fuéramos nuestra propia empresa. Corremos.
Autores como Hartmut Rosa, filósofo, politólogo y sociólogo alemán, plantean que la competencia propia del sistema económico capitalista ha propiciado una aceleración de los tiempos en los que vivimos. Esa aceleración nos aliena de las actividades diarias: del trabajo, de nuestros vínculos cotidianos, de compartir tiempo en comunidad y de la posibilidad de disfrutar momentos de ocio.
Es que los niveles de concentración económica en poquísimas manos, son inauditos, y nos dejan en peores condiciones de vida al conjunto de la humanidad. A su vez, los Estados nacionales tienen menos fuerza para lidiar con los tecnomagnates del mundo. A estas, cada vez peores condiciones de vida, se les ha llamado precariado.
La inteligencia artificial concentra buena parte de estas discusiones: quién produce y controla la tecnología
Estas teorías de la aceleración tienen dos salidas políticas: por izquierda, quienes creemos que los Estados Nacionales tienen que recuperar fortaleza para regular la vida en sociedad. Por derecha, quienes demonizan los Estados, la regulación y cualquier voz que se plante para cuestionar quiénes son dueños y para qué fines tiene uso la innovación tecnológica. Es decir, las usinas de los tecnomagnates de Silicon Valley, de quien Javier Milei es un fiel representante.
La inteligencia artificial concentra buena parte de estas discusiones: quién produce y controla la tecnología, con qué fines y qué dimensiones de nuestra vida estamos dispuestos a delegarle.
En el libro La inteligencia artificial no piensa, el cerebro tampoco de Miguel Benasayag (a quien tuvimos el gusto de invitar a una actividad que organizamos desde la CTE), y Ariel Pennisi, los autores plantean que la singularidad de un ser vivo es la capacidad de afectación de lo que vamos conociendo. El conocer, el saber, el recibir una información no es una operación netamente cerebral, ni racional. Una persona es afectada por aquello que conoce. Y en eso radica la singularidad de lo vivo, de la experiencia vital.
A medida que vayamos delegando funciones de pensamiento a la máquina, a la Inteligencia Artificial, los autores dirán que habrá un aplastamiento del cuerpo, y una tendencia a una colonización tecnocientífica.
Leyeron bien, así lo llaman: colonización tecnocientífica. Es interesante porque en su libro Benasayag cita reiteradas veces a Rodolfo Kusch y esta idea del hedor americano, como un contrapunto a la racionalidad tecnológica.
Esta preocupación por quién controla el desarrollo tecnológico y hacia qué fines se orienta excede el debate académico y empieza a atravesar también a instituciones con enorme gravitación social. En la encíclica Magnifica Humanitas, del Papa León XIV, quien continúa el legado de nuestro querido Papa Francisco, lo dice con muchísima claridad:
Ahora nos corresponde asumir con lucidez y responsabilidad los retos de nuestro tiempo. (...) Pero la cuestión no se limita a la regulación. Como advertía el Papa Francisco, debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo orienta (...) En el pasado, eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.
No es un tratado en contra de la innovación en sí misma, ni mucho menos. Es el reconocimiento de que estos avances son fruto del desarrollo científico de la humanidad; de la enorme concentración de la propiedad y el control de la tecnología, y de la necesidad de evaluar su impacto y ponerlo al servicio del bien común.
No casualmente la última peregrinación a Luján convocó a dos millones quinientas mil personas, previa a la visita del Papa León XIV a la Argentina. Parte de lo que estamos viviendo, la Iglesia católica lo viene interpretando muy bien.
Esta discusión sobre quién regula, qué se delega a la tecnología y cómo se protege lo común tiene en la educación uno de sus terrenos centrales: mientras Milei presenta un proyecto de Libertad Educativa en la Argentina para volver a ubicar la responsabilidad del acto educativo en las familias, las movilizaciones masivas en España y en Francia resisten a presupuestos cada vez más ajustados a la escuela y a sus docentes.
Como bien describe Benasayag, los dispositivos tecnológicos tienen un impacto en el desarrollo cognitivo de niños, niñas, adolescentes y jóvenes.
Advirtiendo esto, Claudia Sheinbaum, en México, regula el uso del celular en la escuela para que los dispositivos digitales no disputen la atención y la concentración de los chicos y chicas. Un ejemplo de regulación que se constituye en dique de contención ante el diseño de las plataformas orientadas a generar adicción.
"Los dispositivos tecnológicos tienen un impacto en el desarrollo cognitivo de niños, niñas, adolescentes y jóvenes" Miguel Benasayag
En nuestro país, en la provincia de Buenos Aires, fue aprobada la Ley Ema, para concientizar sobre la violencia digital y propiciar nuevos protocolos de acción. Fueron varias las escuelas secundarias del país en las cuales se han manipulado y alterado imágenes de estudiantes mujeres a través de la IA, para generar contenido sexual falso. Estas nuevas formas de violencia deben ser abordadas desde la protección integral de los derechos de niños, niñas y adolescentes.
Retomando esta orientación que plantea Magnifica Humanitas en torno al uso de la tecnología para el bien común, ¿no es la escuela el lugar por excelencia en el cual construimos una idea y una práctica del bien común? ¿Dónde construimos registro de aquello del orden de lo humano, historizamos nuestras luchas, resistencias y derrotas y dotamos de valor artesanal al acto de educar?
La discusión es profunda, tenemos el desafío de tomar las riendas del desarrollo tecnológico para una mejora de nuestras condiciones de vida, y no ser prisioneros de las innovaciones. La revolución de este tiempo no consiste en producir tecnologías cada vez más poderosas, sino en disputar colectivamente para qué y para quiénes se desarrollan. Este es el tiempo que vivimos, es ésta nuestra Revolución.
Nota: Me gusta decir que mi acercamiento a las teorías aceleracionistas se dieron gracias al profesor Adrían Cannellotto, en la cursada del seminario La aceleración como estructura temporal de la sociedad, en la Maestría Políticas Educativas de la UNIPE, es decir, gracias a la Universidad Pública.
